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sábado, septiembre 01, 2007

El bosque de los árboles muertos.


Desde hace algo mas de veinte años vengo visitando el valle de Broto y Ordesa en el Pirineo Oscense, empecé de niño veraneando de camping con mi familia en el pueblo de Oto y desde entonces siempre que puedo me escapo unos días o algún fin de semana y recorro este valle que ya es para mi como una segunda casa.
Cuando yo era un zagal me gustaba jugar y perderme por los alrededores de Oto explorando y descubriendo nuevos lugares y disfrutando del silencio del bosque y de los sonidos de la naturaleza, me sentía un Robinsón subiéndome a los árboles y aprendiendo de todo aquello que veía y sentía. Uno de mis lugares preferidos era un bosquete de bojes o “bojedal” que se extendía por los alrededores del camping llegando casi hasta la represeta del barranco de Yosa. Este bosque es como esos que aparecen en los cuentos de hadas, brujas y gnomos, sus bojes de más de cuatro metros de altura forman un tupido paisaje casi impenetrable hasta para la luz, en su interior parece reconocerse algunos senderos que no lo son y no van a ninguna parte y a todas si uno se sabe orientar.



Todo el suelo está cubierto por una capa de hojarasca seca y casi descompuesta, de entre ella brota la hiedra extendiéndose por todo y subiendo por los troncos de los árboles para intentar captar algo más de luz. La corteza de los árboles y las rocas del suelo están cubiertas por musgos y helechos. Además como si de un vivero se tratara en el umbráculo que se crea al pie de los bojes aparecen cientos o miles de nuevos árboles que germinan en este húmedo tapiz. Se pueden ver pequeños fresnos, arces, tilos, robles, hayas y otros que esperan su oportunidad para crecer cuando algún día uno de los grandes árboles caiga y se forme un claro por donde puedan recibir la luz suficiente para medrar y rebasar la altura de los bojes.


Dentro de este sotobosque de fábula hay grandes y viejos monumentos naturales como hayas, tilos, chopos y robles de anchos troncos que no pueden ser abarcados entre tres personas cogidas por sus manos. Otros acompañantes de los bojes y formadores de este intrincado paisaje son los avellanos con su ramillete de varas que surgen desde el suelo hacia lo alto y también los acebos de brillantes hojas que se cuentan por cientos en esta zona. En primavera el lugar es enriquecido por el color de las flores de la anémona, la violeta y la prímula, además de las de la fresa silvestre y las menos vistosas del eléboro.



Siempre me ha causado sensación cuando penetraba en el interior de este bojedal la cantidad de viejos troncos esqueléticos de desnudas ramas que solían continuar erguidos aunque la mayoría de ellos muertos o casi muertos, unos tal vez por enfermedad otros por la caída de rayos. Muchos de estos pararrayos naturales, sobre todo los chopos rebrotaban y era un espectáculo ver su interior calcinado por completo pero con sus ramas todavía repletas de nuevas hojas cada verano, como intentando resistirse a la muerte, renaciendo como el Fénix de entre sus cenizas.



Los troncos muertos de madera blanda y suelta son ideales para los pájaros carpinteros como el pito real y el pito negro que los agujerean en busca de gusanos golpeando fuertemente con su pico, también ardillas y lirones aprovechan las oquedades como refugio y nido para sus crías.

Entrando en estos misteriosos bosques de cara a la noche acompañado por el ulular del cárabo es fácil imaginarse como podían sentirse los aldeanos de hace unos siglos atrás atemorizados por las antiguas leyendas y por los demonios y brujas de los que gustaban hablar a los curas en sus iglesias y más si unimos a esto que entonces todavía era común encontrase osos y lobos por estos lugares. Seguro que muchos de estos montañeses procuraban cruzar rápidamente por estos bosques sin pararse un momento a mirar atrás por temor de lo que no conocían. Todavía se ven en algunas casas símbolos, piedras o plantas que les protegían de duendes y brujas, como los espanta brujas de las chamineras y las carlinas que se colgaban en las puertas y cuartos de las casas. Hoy en día estas zonas todavía bastante vírgenes e inalteradas son muy valoradas por los naturalistas que saben apreciar los viejos bosques donde el ciclo de la vida se renueva continuamente y donde los árboles muertos dan cobijo a la fauna y sirven mas tarde de sustrato para la nueva foresta.



2 comentarios:

Anónimo dijo...

En verdad este tipo de bosques nos inundan la mente de recuerdos infantiles y Leyendas Becquerianas. Cuando estamos dentro esperamos casi ese sobresalto de novela de terror.Maravillosos para los hombres hoy alejados de la naturaleza.Espero ver algo similar este otoño en Muniellos y en el futuro si es posible en Bialowezia.
Por cierto,para Jose Miguel:http://barracuda.sekano.org/?p=94
Atentamente,Kike.

Anónimo dijo...

Qué bonita descripción! :)